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Tres años de la invasión: un largo camino hacia la paz

El drama humano de la guerra se mide en vidas truncadas, familias separadas y un futuro lleno de incertidumbre.

La imagen de miles de civiles cruzando la frontera de Ucrania con rostros de incertidumbre y temor regresa a mi mente con fuerza en este tercer aniversario de la invasión rusa a gran escala, que comenzó el 24 de febrero de 2022.

Recuerdo el frío implacable de aquellas noches y el crujir de la leña en las hogueras improvisadas en la frontera con la ciudad polaca de Przemysl. Entre quienes buscaban calor y refugio, conocí a  Kostia , un niño de apenas 13 años que, junto a su madre y su hermanita, aguardaba sin noticias de su padre, Dima, que había quedado en el frente. Hoy, Kostia debería tener 16 años y, probablemente, sea un refugiado más en algún rincón de Europa. Me pregunto si volvió a ver a su padre, si Dima logró sobrevivir a estos tres años de guerra. Son interrogantes sin respuesta, como tantas que han quedado suspendidas en el aire desde aquella madrugada en la frontera.

Hoy, lo que inició como un relámpago ofensivo —según apuntan expertos del Instituto para el Estudio de la Guerra— se ha transformado en un conflicto prolongado, de desgaste, cuyos devastadores efectos se extienden mucho más allá del campo de batalla. Ucrania, sostenida por la ayuda militar y política de sus aliados occidentales, ha logrado resistir y recuperar territorios, pero al costo de una devastación humana y material difícil de dimensionar.

Las cifras reflejan la magnitud del sufrimiento.  Según  la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), más de 12.600 civiles han muerto, 29.000 han resultado heridos y al menos 2.400 niños figuran entre las víctimas. UNICEF, por su parte,  advierte  sobre el impacto psicológico de la guerra en los más pequeños: aquellos que apenas comenzaron a descubrir el mundo han crecido entre sirenas antiaéreas, bombardeos y desplazamientos forzados. Una infancia perdida, marcada por el miedo y la incertidumbre.

El país también ha visto desmoronarse su infraestructura esencial. Un 10% de su parque habitacional ha sido destruido, más de 3.600 escuelas y universidades han sido bombardeadas, y 12,7 millones de personas dependen de ayuda humanitaria para sobrevivir. Los inviernos transcurren con cortes de electricidad y calefacción, dejando miles de personas en la intemperie de una guerra que no cesa.

Recuerdo la tristeza de  Zhanna , una joven ucraniana que viajaba en tren rumbo a Praga en busca de refugio. Lloraba mientras hablaba por videollamada con su novio en Ucrania. Del otro lado de la pantalla se escuchaban disparos. Ella no sabía si aquella sería la última vez que lo vería con vida.

A tres años de aquellos días, el control territorial continúa en disputa. Un análisis del Instituto para el Estudio de la Guerra,  citado  por la CNN, indica que desde 2022 Ucrania ha perdido un 11 % de su territorio, cifra que asciende al 18 % si se consideran las áreas ocupadas desde 2014. La guerra se ha convertido en una prolongada disputa en la que cada metro de terreno tiene un precio en sangre.

En el tablero diplomático, la reciente presión de Donald Trump para acelerar el fin de la guerra ha tomado por sorpresa a Ucrania y sus aliados. Las conversaciones en Arabia Saudita entre altos funcionarios de Estados Unidos y Rusia, en ausencia de representantes de Kiev, han generado desconcierto y preocupación. Para Ucrania, como señala el asesor presidencial Mykhailo Podolyak, «no puede haber un proceso de negociación porque Rusia no ha pagado un precio lo suficientemente alto».

En esta fecha, incluso la voz del Papa Francisco, debilitada por una neumonía, se alzó desde el hospital para recordar que este aniversario es una «ocasión dolorosa y vergonzosa para toda la humanidad». En su mensaje,  publicado  por Vatican News, instó a no olvidar a las víctimas ya orar por la paz.

Pero, ¿cómo o cuándo podría concluir esta contienda bélica que tiene en vilo al mundo? Diversos analistas, como  Pablo Adams , corresponsal diplomático de la BBC, esbozan distintos escenarios al respecto. Entre ellos, la posibilidad concreta de una negociación liderada por Trump, la creciente fatiga de Occidente respecto al conflicto y la necesidad imperiosa de garantías de seguridad para Ucrania. No obstante, la realidad del campo de batalla sugiere que ningún desenlace será inmediato ni sencillo.

Tres años después del estallido de la mayor conflagración militar en el suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, el daño es insondable. Más allá de los territorios ocupados y los frentes de combate, la guerra ha dejado un reguero de vidas truncadas, familias separadas y generaciones marcadas por el desarraigo.  Sofía , una joven desplazada con la que habló en la frontera, me contó entre lágrimas que hacía dos días que no lograba comunicarse con sus abuelos en Severodonetsk, una ciudad que acababa de ser bombardeada. No sabía si seguían con vida. Cada historia de un refugiado es un universo de incertidumbre.

El tercer aniversario de la invasión rusa a Ucrania nos confronta con una realidad que dista de resolverse. La crisis humanitaria se profundiza, la guerra sigue consumiendo recursos y vidas, y el horizonte diplomático aún es incierto. Ucrania y sus aliados enfrentan el desafío de sostener la resistencia sin perder la esperanza de una paz justa, aunque esto parezca aún lejana.

Si algo tengo claro tras haber vivido en la frontera ucraniana aquellas primeras horas de la invasión, es que el impacto de esta guerra perdurará mucho tiempo después de que los cañones callen. Me sigo preguntando qué habrá sido de Kostia, de Zhanna, de Sofía y de los miles de niños, madres y ancianos que vi cruzar la frontera con la mirada llena de incertidumbre y desconsuelo. ¿Encontraron refugio? ¿Pudieron reconstruir sus vidas? ¿Siguen esperando noticias que nunca llegan?

FUENTE: (Cadena3).

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